Jhericó se queda inmóvil cuando una imagen se despeja en su cabeza. La claridad de la visión hace que su cuerpo se ponga rígido y en guardia: la criatura que tiene detrás y está a punto de atacarle es un Kenwuo, Está seguro de ello, siempre acompañan a estas criaturas, es un perro negro de la muerte. Según las historias que se cuentan, un cruce entre Satanás y un Boerboel sacando lo peor de los dos. Y ahora lo tiene justo detrás.
Un sonido imperceptible para el oído humano resuena en la noche y el kenwuo se retira pasando casi por encima de Jhericó, cuando el animal se reúne con su dueño éste mira hacia los contenedores donde Jhericó no da crédito a lo que ve: el ser vampírico le está mirando fijamente: "Esos ojos, esos ojos que me están mirando... ¿Dónde los he visto antes?". Se pregunta Jhericó mientras la criatura desaparece en medio de las sombras dejando un olor acre que le hace carraspear.
-¡Menudo cuajo tienes!- Oye detrás suyo Jhericó.
-Y suerte- contesta Jhericó sin dejar de mirar hacia el escenario donde ha ocurrido todo.
-¿Qué demonios era eso que estaba detrás tuyo... y la "cosa" que a aparecido en medio de la calle... ¡Por Dios...! ¡No he pasado más miedo en toda mi vida...!- dice con voz trémula y muy femenina la mujer que ahora se deja ver.
- Tú lo has dicho: "Demonios". Y será mejor que nos marchemos cuanto antes de aquí. El demonio alado me ha mirado a los ojos, sabía que estaba aquí, y aún así no me ha atacado. Por cierto, ¿Qué estabas haciendo aquí?- pregunta finalmente a la chica Jhericó.
-Pues he salido a tirar la basura, cuando ha empezado todo, te he visto ocultarte y por miedo he hecho lo mismo... Trabajo ahí- dice la chica señalando la puerta trasera de un restaurante.
Jhericó se acerca a la chica, la mira a los ojos y le planta un beso en los labios.
- Esto para comprobar que aún sigo vivo- le dice Jhericó cogiéndola por la cintura-. Y ahora será mejor que entremos en el restaurante, no me vendrá mal tomar un bocado.
-Termino en una hora...- deja caer la chica casi en un susurro- Ah, me llamo Agustina, pero todos me llaman Tina.
Los dos se encaminan hacia la puerta y antes de entrar Tina le da un apasionado beso a Jhericó y se le queda mirando.
-Yo también necesitaba saber que estaba viva. Y vive Dios que así es...
La obscuridad de la noche te atrapa para mostrarte otro mundo muy diferente. Mis letras lo harán para darte fuerza y poder vivirla. Disfruta ambas.
miércoles, 21 de enero de 2015
lunes, 19 de enero de 2015
Año nuevo, vida nueva.
Tengo fuego en las entrañas y el horizonte que se presenta en el retrovisor es huraño y oscuro mientras se va derrumbando como un castillo de naipes. Una lágrima delata las venturas vividas que atrás quedan.... Delante un nuevo paisaje se va montando como un puzle de amanecer incierto al que el sol está dando luz. Me trae el recuerdo de mi abuelo: "los amaneceres con sol traen buenos días". Sonrío.
domingo, 18 de enero de 2015
jueves, 15 de enero de 2015
Jhericó y los habitantes de la noche -capítulo 4-
Caminar sin rumbo fijo en la noche puede ser muy peligroso, hacerlo después de haber tenido un enfrentamiento con un grupo de pandilleros nocturnos y, más aún, cuando te han echado de un club de lujo de forma "pacífica" son ya palabras mayores, y el peligro ya no es tal, sino mortal.
Estas reglas pueden parecer aplicables a cualquier personaje que deambule por la noche; pero las reglas y Jhericó hace mucho tiempo que no circulan en el mismo sentido, así que Jhericó comienza a andar en sentido contrario al que le indica el portero, manías sin justificación alguna, pero para Jhericó obedecer es una palabra que no aparece mucho en su "Diccionario de costumbres".
Diferenciar la oscuridad de la noche de las sombras que acechan en ella, es la línea que marca la vida de la muerte y si alguien es capaz de discernir esa delgada línea es sin duda Jhericó; nada más doblar la esquina para adentrarse en la calle contigua al club, se funde con la noche al amparo de los grandes contenedores de la basura y espera.
- ¡Maldito hijo de puta! ¡Dónde cojones se ha metido...!
Es cuanto se oye en el silencio de la noche cuando aparecen dos hombres al principio de la calle. Desde su escondite, Jhericó ve cómo el segundo de sus perseguidores reprocha con gestos que le indican silencio al parlanchín grandullón que se lo toma a risa y la emprende a empujones con su compañero. Entonces es cuando Jhericó mira entre las sombras, porque la oscuridad no se mueve, las sombras sí, y si están por encima de su cabeza aún más. Jhericó se funde aún más si cabe con la protección que le ofrecen los contenedores y se prepara para lo que sabe que va a ocurrir solo que desconoce las proporciones del peligro. Las sombras comienzan a moverse en torno a los dos ignorantes que, pistola en mano, se creen cazadores en un mundo al que no pertenecen: La noche.
Los sonidos se hacen más patentes por segundos y la respuesta por parte de los matones no se hace esperar: la tronera de balas ilumina la noche centelleando hasta que enmudecen.
Jhericó mira ahora a los pobres ignorantes que, desarmados, quedan a merced de las sombras que siguen rondando a su alrededor. Jhericó ve como algo se mueve frente a los dos matones, sacude su cabeza como si quisiera aclararla, pero la imagen sigue frente a los aterrados matones que son incapaces de reaccionar. "¡Por todos los Dioses!" Se dice para sí Jhericó cuando ve claramente al Ser que lentamente va bajando al suelo: es enorme, sus alas asemejan a las de un murciélago pero éstas terminan en algo muy semejante a una espada y, en medio de las alas, por donde se recogen tiene unas manos con uñas que parecen garras. Es totalmente negro y tiene una musculatura que le confiere una fiereza acorde con su cara, si el diablo tiene rostro, sin duda éste no tiene que diferir mucho de él. Antes de que Jhericó pueda siquiera respirar el Ser mueve sus alas: la derecha inflige una hostia tan fuerte al grandullón de los matones que éste sale despedido estrellándose en la pared, para cuando cae al suelo ya está muerto y su cabeza casi ha desaparecido. El ala izquierda se inserta como una espada tan violentamente en el cuerpo del otro matón que éste sólo puede abrir mucho los ojos mientras su cuerpo, insertado en la espada que asemeja el final del ala, sube a la altura de la cara del Ser. Éste le mira y tras abrir su boca, llena de dientes afilados como cuchillos le arranca la cabeza de un bocado y la escupe al suelo donde todo se llena de sangre.
Jhericó mira la escena sin hacer ruido alguno pero en su interior busca respuestas a preguntas que él mismo se está haciendo desde que ha visto al Ser y algo detrás suyo le despeja todas las incógnitas de golpe: en su nuca siente el aliento de algo que está a punto de atacarle.
Estas reglas pueden parecer aplicables a cualquier personaje que deambule por la noche; pero las reglas y Jhericó hace mucho tiempo que no circulan en el mismo sentido, así que Jhericó comienza a andar en sentido contrario al que le indica el portero, manías sin justificación alguna, pero para Jhericó obedecer es una palabra que no aparece mucho en su "Diccionario de costumbres".
Diferenciar la oscuridad de la noche de las sombras que acechan en ella, es la línea que marca la vida de la muerte y si alguien es capaz de discernir esa delgada línea es sin duda Jhericó; nada más doblar la esquina para adentrarse en la calle contigua al club, se funde con la noche al amparo de los grandes contenedores de la basura y espera.
- ¡Maldito hijo de puta! ¡Dónde cojones se ha metido...!
Es cuanto se oye en el silencio de la noche cuando aparecen dos hombres al principio de la calle. Desde su escondite, Jhericó ve cómo el segundo de sus perseguidores reprocha con gestos que le indican silencio al parlanchín grandullón que se lo toma a risa y la emprende a empujones con su compañero. Entonces es cuando Jhericó mira entre las sombras, porque la oscuridad no se mueve, las sombras sí, y si están por encima de su cabeza aún más. Jhericó se funde aún más si cabe con la protección que le ofrecen los contenedores y se prepara para lo que sabe que va a ocurrir solo que desconoce las proporciones del peligro. Las sombras comienzan a moverse en torno a los dos ignorantes que, pistola en mano, se creen cazadores en un mundo al que no pertenecen: La noche.
Los sonidos se hacen más patentes por segundos y la respuesta por parte de los matones no se hace esperar: la tronera de balas ilumina la noche centelleando hasta que enmudecen.
Jhericó mira ahora a los pobres ignorantes que, desarmados, quedan a merced de las sombras que siguen rondando a su alrededor. Jhericó ve como algo se mueve frente a los dos matones, sacude su cabeza como si quisiera aclararla, pero la imagen sigue frente a los aterrados matones que son incapaces de reaccionar. "¡Por todos los Dioses!" Se dice para sí Jhericó cuando ve claramente al Ser que lentamente va bajando al suelo: es enorme, sus alas asemejan a las de un murciélago pero éstas terminan en algo muy semejante a una espada y, en medio de las alas, por donde se recogen tiene unas manos con uñas que parecen garras. Es totalmente negro y tiene una musculatura que le confiere una fiereza acorde con su cara, si el diablo tiene rostro, sin duda éste no tiene que diferir mucho de él. Antes de que Jhericó pueda siquiera respirar el Ser mueve sus alas: la derecha inflige una hostia tan fuerte al grandullón de los matones que éste sale despedido estrellándose en la pared, para cuando cae al suelo ya está muerto y su cabeza casi ha desaparecido. El ala izquierda se inserta como una espada tan violentamente en el cuerpo del otro matón que éste sólo puede abrir mucho los ojos mientras su cuerpo, insertado en la espada que asemeja el final del ala, sube a la altura de la cara del Ser. Éste le mira y tras abrir su boca, llena de dientes afilados como cuchillos le arranca la cabeza de un bocado y la escupe al suelo donde todo se llena de sangre.
Jhericó mira la escena sin hacer ruido alguno pero en su interior busca respuestas a preguntas que él mismo se está haciendo desde que ha visto al Ser y algo detrás suyo le despeja todas las incógnitas de golpe: en su nuca siente el aliento de algo que está a punto de atacarle.
sábado, 10 de enero de 2015
Paciencia
¿Es espejismo o engaño
lo que refleja el cristal en mis ojos?
Sombras,
dudas guardadas en el alma,
al desamparo del deseo,
van sesteando en los pozos de realidad.
Sin ti;
mas evocando los recuerdos.
Sin mi;
pero quemándome la piel.
Juntos los dos; y madre Luna en el otero
queda callada en la demora.
Todo en ti es espera.
lo que refleja el cristal en mis ojos?
Sombras,
dudas guardadas en el alma,
al desamparo del deseo,
van sesteando en los pozos de realidad.
Sin ti;
mas evocando los recuerdos.
Sin mi;
pero quemándome la piel.
Juntos los dos; y madre Luna en el otero
queda callada en la demora.
Todo en ti es espera.
viernes, 9 de enero de 2015
Jhericó y los habitantes de la noche -capítulo 3-
Jhericó contempla el cuerpo escultural de Chantal caminando hacia su mesa, un sonrisa le cruza su cara, mientras no pierde detalle de todas y cada una de las curvas que conforman a la bella cantante.
-¿Qué haces en un sitio como éste? ¿Acaso te has perdido?- le pregunta Chantal a Jhericó cuando llega a la mesa.
Jhericó se levanta a la llegada de Chantal. La cantante le dedica una sonrisa maliciosa, gratamente sorprendida al ver la envergadura y belleza de su nuevo amigo, cuando éste le ofrece el asiento vacío, acomoda la silla a su lado, y le coge su delicada mano besándola con suma delicadeza, solo un roce de labios que hace que a ambos se les erice cada centímetro de su piel
- Sin duda; eres todo un caballero.- le dice Chantal tomando asiento.
- Entre otras cosas...- responde Jhericó alargando las palabras finales dándoles tintes eróticos.
-No termino de ubicarte en un sitio como éste, ¿Acaso andas perdido? - pregunta Chantal mirando a su interlocutor en busca de respuestas.
-Bueno, digamos que más que perdido he encontrado refugio un poco obligado por las circunstancias; un problemilla sin importancia...
- Sí, algo me han contado; pero al parecer la suerte ha sido de esos pandilleros- le interrumpe Chantal guiñándole un ojo a Jhericó.
-Parece que aquí las noticias vuelan- le dice Jhericó mientras le sirve una copa de Champán a la cantante.
-Digamos que aquí las sorpresas no son bienvenidas.
A Jhericó le cambia radicalmente la expresión de su cara cuando dos hombres, salidos de detrás de la barra, se sitúan detrás de Chantal y uno de ellos le cubre los hombros con un echarpe de seda fina.
-Es una lástima pero debo marcharme- le dice Chantal guiándole un ojo a Jhericó- ¡Ah! estás invitado, pero no te termines la botella- le dice señalando la botella de Bourbon -, la noche es muy larga y no quisiera que aparecieras mañana en cualquier callejón... Será mejor que te marches cuanto antes.
Jhericó, tras apurar su trago sin mediar palabra, sale del local casi al mismo tiempo que lo hace Chantal. Ésta se mete en un coche que le estaba esperando en la puerta: "Cuídate" es lo que se le antoja a Jhericó que le dicen los ojos de la cantante antes de desaparecer. Jhericó se levanta la solapa del cuello de su levita y mira de soslayo a ambas calles que se le ofrecen como alternativa un tanto indeciso.
- Ve a la derecha y luego de nuevo a la derecha: saldrás a la avenida principal, es mucho más segura- le indica el portero con una mueca forzada que simula una sonrisa.
-Gracias- contesta Jhericó mientras se encamina a su izquierda.
-¿Qué haces en un sitio como éste? ¿Acaso te has perdido?- le pregunta Chantal a Jhericó cuando llega a la mesa.
Jhericó se levanta a la llegada de Chantal. La cantante le dedica una sonrisa maliciosa, gratamente sorprendida al ver la envergadura y belleza de su nuevo amigo, cuando éste le ofrece el asiento vacío, acomoda la silla a su lado, y le coge su delicada mano besándola con suma delicadeza, solo un roce de labios que hace que a ambos se les erice cada centímetro de su piel
- Sin duda; eres todo un caballero.- le dice Chantal tomando asiento.
- Entre otras cosas...- responde Jhericó alargando las palabras finales dándoles tintes eróticos.
-No termino de ubicarte en un sitio como éste, ¿Acaso andas perdido? - pregunta Chantal mirando a su interlocutor en busca de respuestas.
-Bueno, digamos que más que perdido he encontrado refugio un poco obligado por las circunstancias; un problemilla sin importancia...
- Sí, algo me han contado; pero al parecer la suerte ha sido de esos pandilleros- le interrumpe Chantal guiñándole un ojo a Jhericó.
-Parece que aquí las noticias vuelan- le dice Jhericó mientras le sirve una copa de Champán a la cantante.
-Digamos que aquí las sorpresas no son bienvenidas.
A Jhericó le cambia radicalmente la expresión de su cara cuando dos hombres, salidos de detrás de la barra, se sitúan detrás de Chantal y uno de ellos le cubre los hombros con un echarpe de seda fina.
-Es una lástima pero debo marcharme- le dice Chantal guiándole un ojo a Jhericó- ¡Ah! estás invitado, pero no te termines la botella- le dice señalando la botella de Bourbon -, la noche es muy larga y no quisiera que aparecieras mañana en cualquier callejón... Será mejor que te marches cuanto antes.
Jhericó, tras apurar su trago sin mediar palabra, sale del local casi al mismo tiempo que lo hace Chantal. Ésta se mete en un coche que le estaba esperando en la puerta: "Cuídate" es lo que se le antoja a Jhericó que le dicen los ojos de la cantante antes de desaparecer. Jhericó se levanta la solapa del cuello de su levita y mira de soslayo a ambas calles que se le ofrecen como alternativa un tanto indeciso.
- Ve a la derecha y luego de nuevo a la derecha: saldrás a la avenida principal, es mucho más segura- le indica el portero con una mueca forzada que simula una sonrisa.
-Gracias- contesta Jhericó mientras se encamina a su izquierda.
miércoles, 7 de enero de 2015
Jhericó y los habitantes de la noche -capítulo 2-
Jhericó abre la cortina para acceder al local y se lleva una sorpresa; el antro no es tal, por fuera no difiere en nada de los garitos nocturnos que conoce tan bien, pero por dentro es como una sala de fiestas de lujo. Algo le dice en su interior que la cosa va a ir a peor.
Por un momento siente la tentación de retroceder, pero la razón le desaconseja tal medida. Tras echar un vistazo de soslayo al exterior, hace una mueca de desconcierto mientras se dice: "¡Qué demonios! una copa no me irá mal".
Cuando accede al local comprueba lo variopinta que es la parroquia; hay un elenco de personajes que no sabría describir, pero echa en falta lo más granado de la noche: putas, chulos, asesinos, macarras y, sobre todo, panolis a los que chingar.
Sin estar lleno, el local se ve bastante concurrido, pasea su vista en busca de una mesa donde sentarse, entonces cae en la cuenta de que no hay ventanas al exterior: "mala cosa" piensa. Tampoco hay salida de emergencia, así que la única entrada-salida que aparece a la vista es por la que ahora mismo está de pié. Hay también una puerta doble detrás de la barra, "seguro que el almacén tiene salida al exterior" se dice para sí. Así que la mesa ya está elegida: la que queda libre al final del mostrador, además queda entre sombras por el anfiteatro que hay justo encima. Entonces se da cuenta de la gran altura que tiene el techo, ¡eso es, pues claro! es un cine reconvertido en sala de fiestas, pero la entrada se la han dado por la calle trasera... algo empieza a dar vueltas en la cabeza de Jhericó, pero no alcanza a comprender qué es.
Jhericó toma asiento acercando la silla un poco más a la pared, lo que le ofrece una buena vista del salón a la vez que el anfiteatro que queda encima de él le deja en penumbras, algo que agradece de inmediato.
La música se apaga de golpe y las luces se atenúan hasta casi hacerse la oscuridad. tras unos segundos en los que Jhericó temió lo peor, unas grandes cortinas se recogen y aparece ante él la más hermosa de las mujeres, envuelta en un haz de luz que la hace parecer un ángel, rompiendo el silencio el maestro de ceremonias la presenta:
- ¡Señores y Señoras con todos ustedes Mademoiselle Chantal...! -dice presentando a la estrella con un marcado acento francés.
Mademoiselle Chantal, con una piel tan blanca como el nácar en contraste con el traje rojo carmín palabra de honor ceñido a su pecho, enguantada al estilo "Gilda", con unos labios carnosos a juego con el vestido y unos ojos tan negros como el destino de quien se atreva a compartirlos. Mesa su larga cabellera, Negra azabache, pasando la mano desde su frente hasta más de media espalda y comienza a cantar en un sensual francés, una canción en la que arrastra las sílabas lenta, sensualmente, mientras agarra el micrófono como si de ello dependiera su vida, y quizás sea así.
El silencio se adueña de la sala mientras Mademoiselle Chantal se contorsiona a la vez que va desgranando las aventuras de dos enamorados de la noche: ella prostituta, él un alma atormentada por el amor de una mujer imposible, y cuyo final es tan sangriento como el color carmín de los labios que lo cantan. La sensual cantante se acerca, micrófono en mano a la mesa de Jhericó, se lleva el dedo a la boca. lo besa y se lo pasa por los labios a Jhericó mientras le guiña un ojo. Jhericó se deja hacer hasta que la cantante vuelve sobre sus pasos y termina la actuación justo cuando recibe de alguien del público una rosa roja: la huele, se la prende entre sus senos y termina haciendo una reverencia a la vez que por el rabillo del ojo mira a Jhericó guiñándole un ojo cómplice.
Los aplausos no se hacen esperar y tras unos minutos de comunión entre público y cantante, las luces vuelven para quedarse mientras las cortinas se recogen y el ruido mundanal se hace dueño y señor de nuevo del local.
Jhericó coge de la mano a la camarera que pasa en ese instante por su lado, la mira a los ojos, aunque estos le hayan dado un repaso a su generoso escote. y con una sonrisa le dice:
-Para mí una botella de Bourbon, Jack Daniels a ser posible y para Mademoiselle Chantal el mejor Champagne que tengas...
-Y dime... ¿Qué tiene ella que no tenga yo? - le dice a Jhericó la camarera mostrándole el generoso escote que poco deja a la imaginación.
-No lo sé aún, pero si quieres, deja la bandeja y ponte una copa, no soy celoso -contesta Jhericó guiñándole un ojo.
La camarera se aleja entre sonrisas mientras Jhericó ve como la sensual cantante hace una entrada triunfal en la sala acorde a su actuación y es agasajada por varios caballeros. Ésta busca la mirada de Jhericó y él acomoda una silla a su lado. Cuando Jhericó ve la sonrisa en la cara de Mademoiselle Chantal, le asalta una sensación a la que está acostumbrado: "Cuanto más hermosa es la mujer, más peligrosa". Un morbo indescriptible le asalta acallando toda señal de peligro, eso queda para después...
Por un momento siente la tentación de retroceder, pero la razón le desaconseja tal medida. Tras echar un vistazo de soslayo al exterior, hace una mueca de desconcierto mientras se dice: "¡Qué demonios! una copa no me irá mal".
Cuando accede al local comprueba lo variopinta que es la parroquia; hay un elenco de personajes que no sabría describir, pero echa en falta lo más granado de la noche: putas, chulos, asesinos, macarras y, sobre todo, panolis a los que chingar.
Sin estar lleno, el local se ve bastante concurrido, pasea su vista en busca de una mesa donde sentarse, entonces cae en la cuenta de que no hay ventanas al exterior: "mala cosa" piensa. Tampoco hay salida de emergencia, así que la única entrada-salida que aparece a la vista es por la que ahora mismo está de pié. Hay también una puerta doble detrás de la barra, "seguro que el almacén tiene salida al exterior" se dice para sí. Así que la mesa ya está elegida: la que queda libre al final del mostrador, además queda entre sombras por el anfiteatro que hay justo encima. Entonces se da cuenta de la gran altura que tiene el techo, ¡eso es, pues claro! es un cine reconvertido en sala de fiestas, pero la entrada se la han dado por la calle trasera... algo empieza a dar vueltas en la cabeza de Jhericó, pero no alcanza a comprender qué es.
Jhericó toma asiento acercando la silla un poco más a la pared, lo que le ofrece una buena vista del salón a la vez que el anfiteatro que queda encima de él le deja en penumbras, algo que agradece de inmediato.
La música se apaga de golpe y las luces se atenúan hasta casi hacerse la oscuridad. tras unos segundos en los que Jhericó temió lo peor, unas grandes cortinas se recogen y aparece ante él la más hermosa de las mujeres, envuelta en un haz de luz que la hace parecer un ángel, rompiendo el silencio el maestro de ceremonias la presenta:
- ¡Señores y Señoras con todos ustedes Mademoiselle Chantal...! -dice presentando a la estrella con un marcado acento francés.
Mademoiselle Chantal, con una piel tan blanca como el nácar en contraste con el traje rojo carmín palabra de honor ceñido a su pecho, enguantada al estilo "Gilda", con unos labios carnosos a juego con el vestido y unos ojos tan negros como el destino de quien se atreva a compartirlos. Mesa su larga cabellera, Negra azabache, pasando la mano desde su frente hasta más de media espalda y comienza a cantar en un sensual francés, una canción en la que arrastra las sílabas lenta, sensualmente, mientras agarra el micrófono como si de ello dependiera su vida, y quizás sea así.
El silencio se adueña de la sala mientras Mademoiselle Chantal se contorsiona a la vez que va desgranando las aventuras de dos enamorados de la noche: ella prostituta, él un alma atormentada por el amor de una mujer imposible, y cuyo final es tan sangriento como el color carmín de los labios que lo cantan. La sensual cantante se acerca, micrófono en mano a la mesa de Jhericó, se lleva el dedo a la boca. lo besa y se lo pasa por los labios a Jhericó mientras le guiña un ojo. Jhericó se deja hacer hasta que la cantante vuelve sobre sus pasos y termina la actuación justo cuando recibe de alguien del público una rosa roja: la huele, se la prende entre sus senos y termina haciendo una reverencia a la vez que por el rabillo del ojo mira a Jhericó guiñándole un ojo cómplice.
Los aplausos no se hacen esperar y tras unos minutos de comunión entre público y cantante, las luces vuelven para quedarse mientras las cortinas se recogen y el ruido mundanal se hace dueño y señor de nuevo del local.
Jhericó coge de la mano a la camarera que pasa en ese instante por su lado, la mira a los ojos, aunque estos le hayan dado un repaso a su generoso escote. y con una sonrisa le dice:
-Para mí una botella de Bourbon, Jack Daniels a ser posible y para Mademoiselle Chantal el mejor Champagne que tengas...
-Y dime... ¿Qué tiene ella que no tenga yo? - le dice a Jhericó la camarera mostrándole el generoso escote que poco deja a la imaginación.
-No lo sé aún, pero si quieres, deja la bandeja y ponte una copa, no soy celoso -contesta Jhericó guiñándole un ojo.
La camarera se aleja entre sonrisas mientras Jhericó ve como la sensual cantante hace una entrada triunfal en la sala acorde a su actuación y es agasajada por varios caballeros. Ésta busca la mirada de Jhericó y él acomoda una silla a su lado. Cuando Jhericó ve la sonrisa en la cara de Mademoiselle Chantal, le asalta una sensación a la que está acostumbrado: "Cuanto más hermosa es la mujer, más peligrosa". Un morbo indescriptible le asalta acallando toda señal de peligro, eso queda para después...
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