La semana pasada me regalaron un bote de remos,
como yo soy muy atrevido, enseguida me hice a la mar
y me puse a remar . . . Le metí una hostia al velero que
tenía justo detrás que si llega a estar el dueño me mata
-o por lo menos lo intenta-.
Después de mi primer fracaso -u hostiazo, como queramos
llamarlo- le he puesto al bote dos retrovisores de un viejo
seiscientos que he encontrado en un desguace de coches.
La gente se ríe cuando me ve en el bote remando hacia
detrás con los espejos retrovisores pero ya se sabe que
"Hombre precavido. . ."
Y es que en la mar las calles son anchas, pero no están señaladas las líneas continuas o discontinuas y todo es muy lioso. ¡Cuidadín!
ResponderEliminarUn abrazo.
Eso se tiene que parecer a un "600" en el agua.
ResponderEliminarSaludos
jajajajaja........ eres único en tus historias Paco.... Consígeme un par de esos para ponérselos a mi alfombra mágica jajaja...
ResponderEliminarbesitos amigo
Si los espejos son de un seiscientos, no hay problema, puedes hasta dar la vuelta al mundo.
ResponderEliminarUna historia refrescante para estos calores que tenemos.
Un abrazo.
Pues desde luego que es una originalidad, pero como bien dices: "hombre precavido..."
ResponderEliminarUn abrazo.
Pues hay que seguir "tuneando" ese bote...Yo continuaría por alarma acústica de aparcamiento o amarramiento.
ResponderEliminarDentro de poca te va a parecer a Costeau...Lo digo por lo de la inmersión forzosa.
Abrazos.